La pobreza es un gran negocio

Keyword: 
Poverty
Topic: 
Poverty - Inequality - Aid Effectiveness


© Miroslav Vajdić for openphoto.net

Cuando se le informa a un consumidor rico que un artículo ha sido producido dignamente por gente pobre, es muy posible que esté dispuesto a pagar más. En eso consiste la certificación “fair trade”, o comercio justo de productos agrícolas. Aunque la certificación fue creada apenas en 2002, se ha extendido aceleradamente. Al cumplir una década cubría 66 países y más de 1,2 millones de productores. Es una estrategia, como muchas otras que se han inventado durante siglos, para manipular la conciencia de los ricos. Y funciona… pero principalmente en beneficio de los manipuladores: por cada dólar de más que se paga por un artículo certificado como comercio justo, sólo tres centavos llegan al país productor y aún menos a los agricultores.

Las certificaciones de comercio justo son un gran negocio, pero han hecho muy poco por aliviar la pobreza, según un polémico libro recién publicado. En forma paradójica, los pobres no inciden prácticamente nada en los criterios para definir qué estándares de salarios, calidad del empleo y condiciones de vida son o no aceptables. Esas cosas se definen en función de la sensibilidad social y las culpabilidades de los consumidores, no en respuesta a las necesidades de los pobres.

El mercadeo de la pobreza es toda una industria multinacional, que ocupa directamente a cientos de organizaciones no gubernamentales, que supuestamente no persiguen hacer ganancias. Las certificaciones de comercio justo y otras versiones de responsabilidad social manejadas por ONGs son apenas una veta del gran negocio de mercadear la pobreza. Las iglesias de todos los matices son posiblemente las organizaciones más veteranas en este negocio. La iglesia católica ha construido un imperio con riquezas terrenales deslumbrantes con la promesa del paraíso eterno a quienes den parte de su riqueza para ayudar a los pobres.

La próspera industria de la ayuda internacional financiada por los gobiernos de los países ricos también goza de mucho prestigio, aunque su efectividad para reducir la pobreza es muy debatida. En los países más pobres, la ayuda externa absorbe mucha de la escasa capacidad administrativa de los gobiernos, creando a su paso una confusa maraña de contratos, pagos y transferencias que beneficia muy poco a los pobres y mucho a los dictadores, y a los políticos y empresarios corruptos. Bill Easterly, después de una larga experiencia en el Banco Mundial, es actualmente el más aguerrido crítico de la ayuda externa y del fardo que representa para los pobres.

En todos los países hay versiones domésticas de la industria del mercadeo de la pobreza. Los partidos políticos populistas son casi una marca registrada en Argentina, Venezuela y algunos otros países latinoamericanos. Jorge Giordani, el estratega económico de Chávez que acaba de ser marginado por Maduro, lo dijo claramente: “El piso político nos lo da la gente pobre: ellos son los que votan por nosotros, por eso el discurso de la defensa de los pobres. Así que, los pobres seguirán siendo pobres, los necesitamos así”.

Las más nefastas estrategias económicas son las que se han vendido en nombre de los pobres. Es más efectivo el progreso social que resulta de economías bien manejadas, de instituciones que limitan el poder de los políticos, y de reglas iguales para todos que facilitan la inversión y la creación de empleo.

Para ayudar a los pobres, es mejor dejar de lado a los intermediarios. Los pobres siempre están al alcance de la mano para quien está dispuesto a pagarles bien por su trabajo, a no regatearles por lo que venden, a reconocer su esfuerzo y creatividad, y a aceptar que tienen los mismos derechos a la estabilidad económica y a la seguridad social que tenemos usted o yo.


Este artículo fue publicado originalmente en la revista Dinero.
 

Share this